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lunes, 28 de julio de 2008
miércoles, 6 de febrero de 2008
domingo, 3 de febrero de 2008
En Coroico
Estoy hace dos días en Coroico; a pesar de que la conección satelital es cara y lenta, está lloviendo desde ayer a la madrugada y sobra el tiempo para tenerle paciencia a la computadora. Saliendo de La Paz, son tres horas de viaje para llegar hasta el paraíso: al principio del viaje, pasamos por cerros nevados, brillantes moles de granito negro; un par de horas después, llegando a estos valles, siempre bajando, la temperatura sube y el paisaje se torna selvático: la yunga. Ya conocía el sur de Tucumán, el chaco salteño y Calilegua, en Jujuy; aquí se suma el estar en medio de la Bolivia más rural y pintoresca. Plátano, café, maracuyá, papaya; los sabores del trópico a mil doscientos metros de altura. La región está llena de cascadas, grutas y ríos torrentosos, pero la llovizna constante no me ha dejado caminar mucho. De hecho, estamos adentro de las nubes; más que llovizna, se ven vaharadas de vapor frío que se desplazan de aquí para allá con la brisa.
Estamos en pleno carnaval pero el clima está aguando la fiesta. Hace un rato, mientras desayunaba en el mercado municipal, las doñas, irónicamente, le echaban la culpa de la Niña a Evo. No se consigue café en grano; ignoro si no es época o se trata de la lluvia. El viernes estuve en el desfile; hubo música, fuegos de artificio y baile en la calle. Anoche me acosté a dormir la siesta y desperté esta mañana con el rumor de la lluvia. En el residencial en el que me alojo, tres pisos de galería alrededor de un gran patio, un gigantesco anfiteatro en el que desde mi palco observo todas las habitaciones, se alojan unos mariachis que vienieron para las celebraciones; hace dos días que los veo deambular siempre con sus trajes mexicanos. Una pena que no se pongan también los sombreros.
En La Paz me compré una guitarra pequeña con su correspondiente funda de colorido aguayo. Durante las horas de la siesta, practico los tangos de los libros de Arnoldo Pintos de enseñanza de guitarra que me traje desde Buenos Aires. Incluso forzado a quedarme dentro de mi pequeña habitación, solo, cantando letras que hablan de separaciones y desamores, me siento entero y feliz.
viernes, 1 de febrero de 2008
De La Paz a Coroico
Al final no fui a Oruro; va tanta gente por el carnaval que seguro no hubiera encontrado alojamiento, ni siquiera en un banco de la plaza. Además, los carnavales me atraen más que nada por la adrenalina contagiosa de la multitud, pero como droga, la también llamada epinefrina deja bastante que desear. Los colorines y la música estridente contribuyen a que me termine saturando y aburriendo. Decidí entonces ir directo de Potosí a La Paz; un viaje que duró toda la noche que también pasé durmiendo. La Paz es una gran urbe trepada a los cerros; una aldea hecha de edificios; un caos, pero no asesino, como algunos quieren hacer creer. Es una ciudad limpia y moderna, y también sucia y colonial. Tiene cerros llenos de casitas de ladrillo hueco -casitas en algunos casos es eufemismo; hay edificios de varios pisos- iguales a las de las películas de Río.
Llegué temprano; los comercios abren tarde, no había lugares donde desayunar excepto los puestos de la terminal, de la que había escapado para empezar lo antes posible a caminar la ciudad. En un cyber donde todavía era demasiado temprano y no habian encendido las computadoras, un ratón se me escabulló aterrado entre las piernas.
Siempre bajo la lluvia, visité un complejo de museos; caminé por es casco histórico; me zambullí en el centro donde sorprende ver a los bolivianos, tan discretos como los creía, gritando por cualquier motivo. El tránsito es infernal y a la vez parece que todos llegan a donde va. Hay unos disfrazados de cebra del gobierno que intentan, obviamente sin éxito, arreglar el bestial comportamiento de los peatones.
Al mediodía almorcé en un lugar muy lindo pero tan turístico que me sorprendió pagar 30 bolivianos por el almuerzo, unos doce pesos. Todo es tan barato que te desacostumbrás. Más tarde lo llamé al Marco Tóxico, el ilustrador de la tapa del último Argoth al que no conocía más que por e-mails. Quedamos en encontrarnos a las tres.
El encuentro con Marco es de esos que anuncian cosas importantes. Es una persona agradable, simpática, inteligente; gran conocedor del arte y la cultura de su ciudad; estuvimos toda la tarde caminando por La Paz, arriba y abajo; me puso al tanto de la literatura paceña, me llevó a una bibliteca gratuita de historietas -cosa que no sé si hay en Buenos Aires- y terminamos en una librería donde compré obedientemente todos los libros que me recomendó. Quedaron sembradas muchas ideas, como la de que nohayverguenza ediciones saque una antología de poesía boliviana y conectar los movimientos de editoriales independientes de nuestros lugares.
Por la calle los lustrabotas están todos con pasamontañas; como es una tarea discriminada, mantienen el anonimato. "Hay gente que les tiene miedo, son zapatistas" dijo Marcos. Me estuve riendo un rato.
Esta mañana salí para Coroico; uno de los lugares más bellos de los que he visitado. En la próxima, pondré algo sobre este paraíso.
jueves, 31 de enero de 2008
martes, 29 de enero de 2008
Vale un Potosí
Llegué a Potosí desde Villazón, en uno de los viajes más baqueteados que hice. La combi tardó más de ocho horas en hacer los trescientos kilómetros que separan a la frontera de Potosí. Por horas, el camino es el lecho seco de un río, y recién llegando a la ciudad hay asfalto. Cuando estuve en Jujuy me reí del apunamiento, pero acá se desquitó de mi falta de respeto: a poco de bajar del ómnibus, se apoderó de mí la sensación que se tiene cuando se corre sin entrenamiento: falta de aire; dolor en las articulaciones; dolor de cabeza muy fuerte. También es como la resaca de una borrachera padre. La ciudad es un caótico laberinto de callejuelas coloniales donde los autos y los peatones juegan un juego donde me sorprendió no ver morir a nadie. "Ya nos conocemos", dicen.
Fui a la casa de moneda, un complejo de una manzana des siglo xvii donde se ve lo que representó este lugar para la corona Española; más de trescientas salas con techos altísimos de arco de ladrillo, llenas de tres siglos de historia, cuadros, plata, maquinarias, etc. La colección de óleos impresiona por la conservación a pesar de que no han sido restaurados; atribuyen esto al clima Potosino. Las laminadoras del siglo xvii movidas por cabrestantes que están en el piso de abajo hacen fácil imaginarse a los esclavos que según es fama ponían a empujar cuando se quedaban sin mulas. Ahora Bolivia manda a acuñar sus monedas a Europa.
Me gustaría extenderme un poco más pero estoy en un cyber que no tiene nada que envidiarle a los porteños: estos teclados aborrecibles... pero vengo de las minas y tenía que escribir unas líneas sobre ellas. Por 70 bolivianos, unos 30 pesos, nos subieron a una combi que nos llevó al Calvario, el barrio minero. Allí Pastor, el guía, compró en un almacén cosas para los obreros de la mina: coca, cigarrillos, dinamita y detonadores. Cualquiera que tenga quince bolivianos puede comprar cartuchos de dinamita, hasta un niño de siete años; de hecho cada minero debe llevar sus materiales de trabajo. Luego nos llevaron a un local de la cooperativa minera donde nos dieron un mameluco azul, botas, casco y lámpara. De allí a la mina.
El cerro Rico es un cono gigante lleno de agujeros y huellas de camiones. A esta altura debe tener la consistencia de un queso gruyere: la pila de mineral de descarte que viene acrecentándose desde que se explota la mina, en 1544, , tiene la mitad de la altura del cerro. Entramos a una galería irregular de un poco más de un metro de ancho y dos de alto con el agua hasta los tobillos. nos cruzamos dos veces con mineros que empujan las zorras con una tonelada de mineral. "Éstos son los más jóvenes, los más forzuditos", contó el guía: catorce a diecisiete años. Dentro de la mina hay un altar al Inca, otro al Tío de la Mina, y varias escenificaciones de Pizarro y otros conquistadores, armados en colaboración entre las agencias de turismo y la cooperativa. Los mineros les hacen ofrendas al Inca y al Tío; dentro de lamina no hay religión, sólo se venera al Tío. Su efigie, de tamaño natural, se encuentra en un recodo de una galería. La oscuridad es absoluta, sólo la luz débil de las linternas ilumina los túneles, y a esa luz se vislumbra un monstruo sentado ataviado con telas andinas, cubierto de hojas de coca, botellitas de alcohol y cigarrillos. Con los brazos abiertos, parece ofrecer su gran falo de arcilla, un símbolo de fertilidad. A mi turno, le rendí mi respeto, dándole coca y cigarrillo.
Tuvimos que pasar por lugares bravos, en los que un tablón resbaloso de barro salvaba precariamente un abismo que sobrepasaba el alcance de las linternas; otros donde había que pasar a la rastra por la baja altura de la galería. Nunca tuve miedo pero pensaba en gente medio claustrofóbica que conozco y que hubiera abandonado a los pocos metros.
A la vuelta, al dejar el equipo, olvidé mi cámara de fotos. Lo supe al terminar el tour, en la plaza central. Olvidé el apunamiento y llegué al hospedaje corriendo, ya que allí había contratado la excursión. Diligentemente la señora del hostel se comunicó con la agencia; otra vez corriendo, salvé las ocho cuadras hasta la agencia y allí me encontré con Pastor, con el que fuimos de nuevo al depósito de equipos: ¡la cámara estaba, muertita de risa en un banco! Le regalé a Pastor unos binoculares de viaje muy coquetos que compré en Buenos Aires antes de viajar: se merecía eso y más.
Espero seguir estas crónicas de viaje siempre y cuando los teclados no se retoben. Mañana a la noche salgo para Oruro y su carnaval.
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